Una revisión científica reciente sugiere que la tradicional sopa de pollo podría ofrecer más que consuelo y calor en los días de enfermedad. Aunque no se trata de una cura milagrosa, consumir sopa durante una infección respiratoria aguda puede reducir ligeramente los síntomas, acortar el tiempo de enfermedad y ayudar a controlar la inflamación.
La ciencia moderna ha comenzado a confirmar lo que durante generaciones se ha asumido por intuición y experiencia: un tazón de sopa caliente, especialmente de pollo con verduras, podría jugar un papel útil en la lucha contra enfermedades respiratorias como el resfriado común o la gripe. Investigadores del Instituto de Investigación en Nutrición de la Universidad de Maastricht, en Países Bajos, analizaron cuatro estudios previos que involucraron a 342 personas para evaluar el efecto del consumo de sopa durante infecciones respiratorias agudas. Los resultados fueron publicados en la revista Nutrients, y aunque los efectos no son dramáticos, sí son estadísticamente significativos.
Antes de adentrarse en las posibles razones biológicas que explican estos efectos, los investigadores destacan algo esencial: la sopa no sustituye el tratamiento médico, ni es una cura. Sin embargo, sus beneficios van más allá del confort emocional. La evidencia disponible sugiere que la sopa puede influir directamente en procesos fisiológicos relevantes durante una infección, como la hidratación, la respuesta inmune y la inflamación.
Estudios preliminares revelan beneficios moderados del consumo de sopa
El análisis se basó en cuatro ensayos clínicos anteriores en los que se dividió a los participantes —todos enfermos con alguna infección respiratoria aguda— en dos grupos. Uno recibió sopa caliente, generalmente a base de pollo con verduras, mientras que el otro grupo fue tratado con bebidas alternativas, como agua caliente o infusiones. Posteriormente se evaluaron indicadores como la intensidad de los síntomas, la duración de la enfermedad y ciertos marcadores biológicos relacionados con la inflamación.
Los resultados, aunque moderados, fueron consistentes. En tres de los estudios analizados se observó una disminución significativa en la intensidad de síntomas como congestión nasal, dolor de garganta y tos en los pacientes que consumieron sopa. Esta reducción en los síntomas sugiere que el consumo de sopa puede contribuir al alivio subjetivo de las molestias respiratorias más comunes.
Una de las investigaciones incluso midió la velocidad con la que el moco nasal era eliminado del cuerpo tras la ingesta de sopa caliente. Los autores de ese estudio encontraron que el flujo de mucosidad se aceleraba, lo que podría estar relacionado con un alivio más rápido de la congestión nasal. Según los investigadores, “los líquidos calientes, incluida la sopa, estimulan la limpieza del moco y mejoran el flujo de aire en las vías respiratorias, lo que proporciona un alivio inmediato en caso de nariz tapada”.
Una posible reducción en la duración de la enfermedad
Más allá de los síntomas, una de las investigaciones incluidas en la revisión evaluó directamente la duración del proceso infeccioso. En ella, los pacientes que consumieron sopa durante la enfermedad se recuperaron entre 1 y 2,5 días antes que aquellos que no la recibieron. Esta diferencia es modesta pero clínicamente relevante, sobre todo si se considera su posible impacto en la reducción del ausentismo laboral o escolar.
Sandra Lucas, investigadora principal del estudio, declaró que los resultados la sorprendieron: “Esperábamos que la sopa ofreciera consuelo e hidratación, factores importantes cuando alguien está enfermo. Pero lo que nos sorprendió fue encontrar indicios de que podría tener un impacto biológico real, al influir sobre la inflamación y apoyar la función inmunológica. Eso va más allá de verla como una simple comida reconfortante”.
Un efecto sobre las respuestas inflamatorias
Uno de los hallazgos más interesantes fue la relación entre el consumo de sopa y la disminución de ciertas sustancias inflamatorias en el cuerpo. Al enfermarse con una infección viral, el sistema inmune produce citoquinas —pequeñas proteínas que regulan la inflamación— como parte de su defensa. Aunque estas sustancias son necesarias para combatir al virus, su sobreproducción puede empeorar los síntomas y hacer que la persona se sienta más enferma.
“Los estudios que revisamos muestran que las personas que consumieron sopa de pollo presentaron niveles más bajos de citoquinas proinflamatorias y que sus células inmunitarias parecían más activas y mejor preparadas para combatir la infección”, explicó Lucas. “Esto sugiere que la sopa podría ayudar a controlar las inflamaciones innecesarias mientras fortalece el sistema de defensa del cuerpo”.
Los investigadores hacen énfasis en que no es cualquier sopa la que ofrece estos beneficios. La mayoría de los estudios utilizaron versiones tradicionales de sopa de pollo con verduras, rica en nutrientes y aminoácidos. Estos componentes podrían estar detrás de los efectos inmunomoduladores observados. No se puede afirmar lo mismo, por ejemplo, de sopas instantáneas con altos niveles de sodio y pocos ingredientes naturales.
El papel de la hidratación y el confort emocional
Una explicación plausible para parte de los efectos observados está en la capacidad de la sopa para mantener el cuerpo hidratado. La hidratación adecuada es crucial durante cualquier enfermedad, especialmente cuando hay fiebre o secreciones respiratorias abundantes. Una sopa caliente no solo proporciona agua, sino también electrolitos, proteínas y antioxidantes, lo que la convierte en una opción más completa que simplemente beber agua.
A esto se suma el componente psicológico. En muchas culturas, ofrecer sopa a alguien enfermo es un acto de cuidado y afecto. Esa percepción de estar atendido puede influir positivamente en el bienestar emocional del paciente, lo cual también repercute en su estado general. “Aunque la sopa no cura la gripe”, dice Lucas, “puede ayudar al cuerpo a combatirla mejor y, al mismo tiempo, hacer que la persona se sienta acompañada y cuidada”.
Aún no hay evidencia suficiente para una recomendación clínica
A pesar de estos hallazgos alentadores, los autores del estudio advierten que es prematuro hacer recomendaciones médicas basadas en los resultados actuales. “Cuatro estudios con un total de 342 participantes representan una base inicial, pero no suficiente para establecer una guía clínica sólida”, señaló Lucas. Por ello, el equipo recomienda realizar estudios más amplios, controlados y con mejor diseño metodológico que permitan confirmar o refutar estos primeros resultados.
Entre las preguntas que aún quedan por responder están si la sopa puede reducir el ausentismo laboral o escolar, si ciertos tipos de sopa son más eficaces que otros y si los efectos observados varían según la edad o el estado de salud del paciente. Hasta la fecha, ninguna investigación ha abordado estas cuestiones en profundidad.
Lucas espera que los resultados obtenidos sirvan como punto de partida para estudios futuros. “Estos primeros hallazgos son alentadores, pero necesitamos investigaciones más amplias para comprender realmente el impacto de la sopa en la salud durante enfermedades respiratorias. Lo que sí podemos decir ahora es que una buena sopa casera no hará daño y podría aportar un pequeño beneficio real”.
Conclusión provisional: la sopa no es una cura, pero puede ayudar
En definitiva, aunque la sopa no tiene propiedades curativas milagrosas, sus efectos no deben subestimarse. El análisis conjunto de estudios clínicos sugiere que puede desempeñar un papel modesto pero positivo en el tratamiento de infecciones respiratorias agudas, como el resfriado común y la gripe. Desde mejorar la congestión nasal hasta acortar levemente el tiempo de recuperación o reducir marcadores inflamatorios, sus beneficios parecen ir más allá del mero placebo.
Y quizás por eso, nuestras abuelas, sin necesidad de evidencias científicas, ya sabían que un plato de sopa caliente era una de las mejores formas de cuidar a alguien enfermo. Ahora, la ciencia empieza a darle la razón.
Fuente: Lucas, S.; Leach, M.J.; Kimble, R.; Cheyne, J. Were Our Grandmothers Right? Soup as Medicine—A Systematic Review of Preliminary Evidence for Managing Acute Respiratory Tract Infections. Nutrients 2025, 17, 2247. https://doi.org/10.3390/nu17132247
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