Un estudio con más de 15 000 personas revela que cerca del 30 % de la variación en las llamadas “tintineos estéticos” está vinculada a factores familiares y que una parte significativa se explica por variantes genéticas comunes.
Hay quienes sienten un estremecimiento recorrer la espalda cuando suena una melodía determinada o notan cómo se les eriza la piel ante un verso especialmente poderoso. Otros, en cambio, permanecen casi imperturbables frente a las mismas obras. Esa diferencia, que durante siglos se atribuyó al temperamento o a la sensibilidad individual, empieza ahora a encontrar una explicación en la biología.
Una nueva investigación internacional aporta evidencias de que los genes desempeñan un papel relevante en la intensidad con la que experimentamos esas reacciones conocidas como “escalofríos estéticos”. Los resultados, publicados en la revista PLOS Genetics, sugieren que aproximadamente una cuarta parte de la influencia familiar en este rasgo puede atribuirse a variantes genéticas frecuentes en la población.
Un fenómeno descrito desde Darwin
La experiencia no es nueva. El naturalista Charles Darwin dejó constancia de cómo la música podía provocarle una sensación tan intensa que le recorría la columna vertebral. Décadas más tarde, el escritor Vladimir Nabokov se refirió a ese hormigueo corporal como “the telltale tingle”, la señal física que, según él, distinguía la auténtica genialidad literaria.
Hoy, la ciencia denomina a ese fenómeno “escalofríos estéticos” o “tintineos estéticos”. Se trata de respuestas emocionales intensas que suelen ir acompañadas de reacciones fisiológicas observables: piel erizada, un estremecimiento súbito, cambios en la frecuencia cardíaca o incluso lágrimas. Lo singular es que combinan una vivencia subjetiva profunda con manifestaciones corporales medibles.
Investigaciones previas ya habían mostrado que, cuando alguien experimenta estos escalofríos ante música o poesía, se activan circuitos cerebrales implicados en la recompensa, la motivación y el procesamiento de estímulos biológicamente relevantes. Sin embargo, hasta ahora no estaba claro en qué medida la predisposición a sentirlos dependía de la herencia genética.
Más de 15 500 participantes y un enfoque genómico
Para responder a esa pregunta, el equipo recurrió a una base de datos poblacional de gran escala que incluía información genética y cuestionarios detallados sobre reacciones emocionales ante distintas formas de arte. En total, se analizaron datos de más de 15 500 personas, lo que permitió aplicar modelos estadísticos robustos y técnicas de genética cuantitativa.
El estudio, disponible en PLOS Genetics, evaluó hasta qué punto las diferencias en el ADN podían explicar la variación individual en la frecuencia o intensidad de los escalofríos estéticos. Los resultados muestran que cerca del 30 % de la variación observada está asociada a factores familiares. De ese porcentaje, alrededor de una cuarta parte puede atribuirse específicamente a variantes genéticas comunes.
En otras palabras, los genes no determinan por completo si alguien se emocionará hasta la médula al escuchar una sinfonía o leer un poema, pero sí aportan una contribución significativa. El resto de la variación responde a factores ambientales y experiencias individuales que moldean la sensibilidad artística a lo largo de la vida.
Genes compartidos entre música, poesía y arte visual
Uno de los hallazgos más llamativos es que ciertas influencias genéticas parecen ser comunes a distintas formas de arte. Las variantes asociadas a una mayor probabilidad de experimentar escalofríos con la música también se relacionan con reacciones intensas ante la poesía o las artes visuales.
Esa coincidencia apunta a la existencia de mecanismos biológicos generales vinculados a la apertura a la experiencia y a la implicación artística. Rasgos de personalidad como la curiosidad intelectual o la sensibilidad estética podrían compartir una base genética parcial con la propensión a sentir escalofríos estéticos.
Según explicó el investigador principal del estudio, que firma el artículo en PLOS Genetics, “la genética puede ofrecer una vía adicional para entender por qué las personas viven experiencias subjetivas tan diferentes ante los mismos estímulos”. La afirmación subraya que el ADN no actúa de forma aislada, sino en interacción con factores culturales y biográficos.
Este componente compartido ayuda a comprender por qué algunas personas tienden a emocionarse con múltiples disciplinas artísticas, mientras que otras muestran una respuesta más moderada en general. No obstante, los autores advierten que hablar de un “gen del arte” sería una simplificación excesiva.
Mecanismos distintos según la forma artística
Más allá de las influencias comunes, el análisis también detectó efectos genéticos específicos para determinadas modalidades artísticas. Es decir, algunas variantes parecían asociarse con escalofríos provocados por la música, pero no necesariamente con los generados por la literatura o las artes visuales.
Este patrón sugiere que, junto a mecanismos biológicos compartidos, existen procesos más especializados. La música, por ejemplo, involucra sistemas cerebrales relacionados con el ritmo, la anticipación y la armonía, mientras que la poesía puede activar con mayor intensidad redes vinculadas al lenguaje y la semántica. Las artes visuales, por su parte, apelan a circuitos de procesamiento espacial y perceptivo.
La combinación de influencias generales y específicas dibuja un panorama complejo. Una persona podría estar genéticamente predispuesta a experimentar fuertes reacciones emocionales ante piezas musicales, pero no mostrar la misma intensidad frente a un cuadro o un texto literario. Y viceversa.
Los autores sostienen que este hallazgo abre la puerta a investigaciones futuras que examinen con mayor detalle los mecanismos neurobiológicos implicados en cada tipo de experiencia estética. Comprender esas diferencias podría ayudar a desentrañar cómo se construye la sensibilidad artística en el cerebro humano.
Más allá del ADN
Aunque el estudio aporta pruebas sólidas de una contribución genética, los investigadores subrayan que los genes son solo una parte de la historia. El entorno, la educación, la exposición temprana a distintas formas de arte y las vivencias personales desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la respuesta emocional.
Alguien que creció rodeado de música o literatura puede haber reforzado ciertos circuitos neuronales a través de la práctica y la familiaridad. Del mismo modo, contextos culturales distintos pueden moldear qué estímulos se consideran emocionalmente significativos y cómo se expresan las reacciones corporales.
La interacción entre predisposición biológica y experiencia acumulada resulta clave. La genética puede inclinar la balanza hacia una mayor o menor sensibilidad, pero es el entorno el que activa, modula o incluso amortigua esas tendencias.
En conjunto, los hallazgos publicados en PLOS Genetics ofrecen una nueva perspectiva sobre una pregunta tan antigua como el arte mismo: por qué algunas personas sienten que una melodía les atraviesa el cuerpo mientras otras la escuchan con distancia. Parte de la respuesta parece estar escrita en nuestro ADN. El resto se teje a lo largo de la vida, en el cruce entre biología, cultura y experiencia personal.

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