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Las medusas y las anémonas duermen como nosotros y ofrecen nuevas pistas sobre el origen del sueño
miércoles, enero 07, 2026

Las medusas y las anémonas duermen como nosotros y ofrecen nuevas pistas sobre el origen del sueño

Medusa invertida nadando en el fondo marino, especie sin cerebro que presenta ciclos de sueño similares a los humanos.

Incluso los animales más simples, sin cerebro ni órganos especializados, dedican una parte sustancial de su vida a dormir. Un nuevo estudio revela que medusas y anémonas marinas pasan cerca de un tercio del día en reposo, un hallazgo que refuerza la idea de que el sueño surgió como un mecanismo ancestral para proteger las células nerviosas.

Dormir es una de las conductas más desconcertantes de la biología. Durante horas, los animales reducen su actividad, reaccionan peor a los estímulos y se exponen a riesgos evidentes. Aun así, la gran mayoría de los seres vivos con sistema nervioso lo hacen de manera regular. La pregunta de por qué el sueño es tan universal ha acompañado a la ciencia durante décadas, y suele abordarse desde el estudio de cerebros complejos, como los de mamíferos y aves. Sin embargo, una investigación reciente ha llevado la mirada mucho más atrás en la historia evolutiva.

El trabajo se centró en dos animales marinos pertenecientes al grupo de los cnidarios, una de las ramas más antiguas del árbol evolutivo con neuronas. Se trata de la medusa invertida Cassiopea andromeda y la anémona marina Nematostella vectensis. Ambos carecen de cerebro y poseen, en su lugar, una red difusa de células nerviosas repartidas por el cuerpo. A pesar de esa simplicidad extrema, los investigadores descubrieron que estos organismos muestran patrones de sueño sorprendentemente similares a los de animales mucho más complejos.

Dormir sin cerebro

Para determinar si una medusa o una anémona están dormidas no basta con observar si permanecen quietas. Los científicos utilizaron un criterio habitual en estudios del sueño animal: la reducción de la capacidad de respuesta a estímulos. En condiciones normales, estos cnidarios reaccionan rápidamente a cambios de luz, movimientos del agua o estímulos mecánicos. Cuando su respuesta se vuelve más lenta y errática, y ese estado es reversible, se considera un equivalente funcional del sueño.

Mediante este enfoque, el equipo observó que tanto Cassiopea como Nematostella pasan alrededor de ocho horas al día en un estado de reposo profundo. En términos relativos, eso supone aproximadamente un tercio del ciclo diario, una proporción muy cercana a la que se observa en los seres humanos. En el caso de la medusa invertida, el patrón es aún más llamativo: además de dormir por la noche, suele realizar un breve descanso adicional durante el día, comparable a una siesta.

El hallazgo desafía la idea de que el sueño esté ligado exclusivamente a cerebros capaces de procesar información compleja, almacenar recuerdos o regular emociones. Estos animales no sueñan, no aprenden de la misma manera que los vertebrados y no poseen estructuras neuronales centralizadas. Aun así, duermen, y lo hacen durante una fracción notablemente constante de su vida.

Ritmos opuestos, misma necesidad

Aunque la cantidad total de sueño es similar, el momento en que ocurre varía entre ambas especies. La medusa invertida es principalmente diurna: pasa las horas de luz activa y reduce su actividad cuando cae la noche. La anémona marina, en cambio, muestra un comportamiento casi opuesto. Su actividad aumenta al atardecer y durante la noche, mientras que el reposo más prolongado se concentra en las primeras horas de la mañana.

Las causas de estas diferencias también parecen distintas. En Cassiopea andromeda, la luz actúa como el principal regulador. Cuando el entorno se oscurece, el animal entra rápidamente en un estado de reposo. Si se altera artificialmente el ciclo de luz y oscuridad, su patrón de sueño se ajusta en consecuencia. En Nematostella vectensis, por el contrario, el sueño está gobernado por un reloj biológico interno que sigue funcionando incluso en condiciones de oscuridad constante.

Pese a estos contrastes, el resultado final es casi idéntico: una cantidad diaria de sueño muy estable. Para los investigadores, esta coincidencia sugiere que existe una necesidad fisiológica profunda que impone un “mínimo” de descanso, independientemente de cuándo se produzca. La función del sueño, por tanto, podría ser más básica y antigua de lo que se pensaba.

El vínculo con el daño en el ADN

La pregunta clave es por qué un animal tan simple necesitaría dormir. Sin un cerebro que consolidar recuerdos ni una mente que ordenar experiencias, ¿qué se gana con el reposo? La respuesta propuesta por el estudio apunta a un proceso celular fundamental: la reparación del ADN.

Durante los periodos de actividad, las neuronas de medusas y anémonas acumulan daños en su material genético. Estas lesiones pueden deberse a múltiples factores, como el metabolismo normal de la célula o la exposición a la radiación ultravioleta. Al analizar los tejidos nerviosos, los investigadores comprobaron que los niveles de daño en el ADN disminuyen de forma significativa durante el sueño.

Cuando los animales fueron privados de su descanso habitual, el daño genético continuó acumulándose. El efecto no era sutil: las diferencias entre animales bien descansados y aquellos mantenidos despiertos eran claras y consistentes. Según los autores del trabajo, esto indica que el sueño actúa como una ventana temporal en la que las neuronas pueden activar mecanismos de reparación sin las interferencias asociadas a la actividad constante.

Este resultado fue descrito en un artículo publicado en la revista Nature Communications, donde se plantea que la función original del sueño pudo haber sido, precisamente, proteger la integridad de las células nerviosas en los primeros animales con sistemas neuronales.

Cuando el sol induce al sueño

Para reforzar esta hipótesis, el equipo realizó experimentos adicionales. Expuso a medusas y anémonas a radiación ultravioleta, conocida por causar roturas en el ADN. Tras la exposición, ambos animales aumentaron de manera notable la cantidad de tiempo que pasaban dormidos. Un efecto similar se observó cuando se les administró una sustancia química que induce daños genéticos de forma controlada.

“Cuanto mayor es el daño en el ADN, mayor parece ser la presión para dormir”, señalan los autores del estudio. Esta relación directa sugiere que el sueño no es solo una consecuencia pasiva del cansancio, sino una respuesta activa a un problema celular concreto. Dormir permitiría a las neuronas detener temporalmente su actividad y dedicar recursos a la reparación.

Desde una perspectiva evolutiva, este mecanismo tendría mucho sentido. Las neuronas son células muy especializadas que, a diferencia de otras, no se dividen ni se reemplazan fácilmente. En organismos primitivos, perder neuronas podía comprometer funciones esenciales para la supervivencia. El sueño habría surgido como una solución eficiente para mantenerlas en buen estado.

Un papel inesperado de la melatonina

Otra de las sorpresas del estudio fue el papel de la melatonina. Este compuesto, conocido como la “hormona del sueño” en humanos, se produce en el cerebro y ayuda a regular los ritmos circadianos. Cuando los investigadores administraron melatonina a las medusas y anémonas durante sus fases activas, ambos animales entraron en un estado de reposo prolongado.

El efecto se produjo independientemente de si la especie era diurna o nocturna. En otras palabras, la melatonina inducía el sueño incluso cuando el animal normalmente estaría despierto. Esto indica que los mecanismos bioquímicos que responden a esta molécula ya existían mucho antes de la aparición de cerebros complejos y glándulas especializadas como la pineal humana.

“El hecho de que la melatonina funcione en animales sin cerebro sugiere que los componentes químicos del sueño son extremadamente antiguos”, destacan los investigadores. La regulación hormonal del descanso podría haberse establecido en los primeros sistemas nerviosos, y luego haberse conservado y refinado a lo largo de cientos de millones de años de evolución.

Una función que se amplió con el tiempo

A partir de estos resultados, los autores proponen un escenario evolutivo en el que el sueño aparece inicialmente como un proceso de mantenimiento celular. En los primeros animales con neuronas, dormir habría servido principalmente para reparar el ADN y preservar la funcionalidad de las células nerviosas. Con el paso del tiempo y el aumento de la complejidad del sistema nervioso, el sueño habría incorporado nuevas funciones.

En vertebrados y, especialmente, en mamíferos, el descanso nocturno se asocia hoy con la consolidación de la memoria, el aprendizaje, la regulación emocional y la eliminación de desechos metabólicos del cerebro. Según esta visión, estas funciones serían añadidos relativamente recientes sobre una base mucho más antigua.

El estudio de medusas y anémonas ofrece así una ventana al pasado profundo de la biología. Al observar cómo duermen animales que se parecen poco a nosotros, es posible identificar qué aspectos del sueño son esenciales y cuáles son producto de una evolución posterior. La idea de que una conducta tan cotidiana como dormir tenga su origen en la necesidad de reparar el ADN de unas pocas neuronas primitivas refuerza la noción de que, incluso en la biología más simple, el descanso nunca ha sido un lujo, sino una necesidad vital.

Este trabajo se suma a una creciente línea de investigación que busca comprender el sueño no solo como un fenómeno del cerebro humano, sino como un rasgo fundamental de la vida animal. Medusas y anémonas, silenciosas y aparentemente simples, se convierten así en inesperadas maestras sobre uno de los grandes misterios de la existencia.

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