La pérdida acelerada de biodiversidad en uno de los ecosistemas más ricos del planeta está alterando el comportamiento de los mosquitos forestales, que empiezan a picar con mayor frecuencia a las personas incluso cuando existen otras presas disponibles.
El avance de la deforestación y la fragmentación de los bosques tropicales no solo transforma el paisaje: también modifica las relaciones más básicas entre especies. En Brasil, uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo, científicos han detectado un cambio preocupante en la conducta de los mosquitos que habitan los restos del Bosque Atlántico. Estos insectos, tradicionalmente asociados a una amplia variedad de animales silvestres, están recurriendo cada vez más a la sangre humana como fuente principal de alimento.
El hallazgo procede de una investigación reciente publicada en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution, que analizó con detalle qué especies están picando los mosquitos en áreas forestales degradadas del estado de Río de Janeiro. Los resultados apuntan a una tendencia clara: incluso en entornos donde aún sobreviven anfibios, aves y mamíferos, los mosquitos optan de forma desproporcionada por los seres humanos. El fenómeno, advierten los autores, no es anecdótico y podría tener implicaciones directas para la salud pública.
Un ecosistema fragmentado bajo presión
El Bosque Atlántico brasileño es uno de los grandes puntos calientes de biodiversidad del planeta. Durante siglos albergó una enorme variedad de especies, muchas de ellas endémicas. Sin embargo, la expansión urbana, la agricultura intensiva y las infraestructuras han reducido este ecosistema a fragmentos aislados que, en conjunto, representan apenas una parte del bosque original.
En ese contexto de presión ambiental se desarrolló el estudio liderado por investigadores brasileños especializados en entomología y ecología de enfermedades. El trabajo se llevó a cabo en dos áreas protegidas del estado de Río de Janeiro, Sítio Recanto Preservar y la Reserva Ecológica del Río Guapiaçu, dos enclaves que conservan restos significativos de vegetación nativa, pero rodeados por zonas habitadas y explotadas por el ser humano.
Para evaluar el comportamiento alimentario de los mosquitos, el equipo instaló trampas de luz durante la noche, un método habitual para atraer a estos insectos. A lo largo del muestreo se capturaron 1 714 mosquitos pertenecientes a 52 especies diferentes. De ellos, 145 hembras presentaban el abdomen lleno de sangre, lo que indicaba que se habían alimentado recientemente.
El análisis de la sangre revela una preferencia inesperada
El siguiente paso fue determinar de qué animales procedía esa sangre. Aunque suele asumirse que los mosquitos forestales se alimentan de una gran diversidad de vertebrados, especialmente en ecosistemas ricos, los datos obtenidos ofrecieron una imagen distinta. Solo en 24 muestras fue posible identificar con precisión el origen del alimento, pero el resultado fue contundente: 18 correspondían a sangre humana.
“Mostramos que los mosquitos capturados en fragmentos del Bosque Atlántico presentan una clara preferencia por alimentarse de sangre humana”, explica el biólogo Jeronimo Alencar, uno de los autores principales del estudio. Según el investigador, este patrón resulta llamativo porque contradice la expectativa de una dieta más variada en un entorno con múltiples hospedadores potenciales.
Para identificar el origen de la sangre, los científicos recurrieron a una técnica de análisis genético basada en la amplificación de un fragmento específico de ADN. Ese segmento funciona como una especie de código de barras biológico que permite distinguir entre especies animales al compararlo con bases de datos internacionales. Gracias a este método, los investigadores pudieron confirmar no solo la presencia de sangre humana, sino también restos procedentes de anfibios, aves, cánidos y roedores.
Picaduras múltiples y contactos cruzados
El análisis reveló además que algunos mosquitos habían ingerido sangre de más de una especie. En un ejemplar de Coquillettidia venezuelensis, por ejemplo, se detectó una mezcla de sangre humana y de anfibios. En otros casos, como en Coquillettidia fasciolata, predominaba la sangre de aves combinada con la de otros vertebrados.
Este tipo de resultados sugiere que los mosquitos pueden interrumpir una picadura y continuar alimentándose en otro hospedador, o bien realizar varias tomas consecutivas durante un mismo periodo de actividad. Desde el punto de vista epidemiológico, este comportamiento es especialmente relevante, ya que facilita el salto de patógenos entre especies distintas.
Los autores subrayan que el número limitado de muestras identificables no resta valor al patrón observado. Al contrario, consideran que la alta proporción de sangre humana detectada refuerza la hipótesis de que el entorno degradado está influyendo de manera directa en las decisiones alimentarias de los mosquitos.
¿Por qué los humanos se vuelven la presa principal?
El estudio no se limita a describir el fenómeno, sino que explora posibles explicaciones. El comportamiento de los mosquitos, señalan los investigadores, es el resultado de una combinación de factores genéticos y ambientales. Algunas especies pueden tener preferencias innatas por determinados hospedadores, pero la disponibilidad y la cercanía juegan un papel decisivo.
En los fragmentos de bosque cada vez más pequeños, muchas especies animales desaparecen o reducen drásticamente sus poblaciones. Al mismo tiempo, la presencia humana aumenta, ya sea por asentamientos permanentes, actividades agrícolas o turismo. “Con menos opciones naturales, los mosquitos se ven obligados a buscar otras fuentes de alimento”, señala Sergio Machado, investigador en microbiología e inmunología de la Universidad Federal de Río de Janeiro y coautor del trabajo. “Por simple disponibilidad, los humanos se convierten en el hospedador más frecuente”.
Esta interacción creciente entre mosquitos y personas no es solo una molestia. En regiones tropicales, muchas de las especies analizadas son conocidas por su capacidad para transmitir virus y otros patógenos. El cambio en los patrones de picadura puede, por tanto, alterar la dinámica de las enfermedades infecciosas.
Un riesgo creciente para la salud pública
En el área estudiada circulan virus como el de la fiebre amarilla, el dengue, el Zika, el chikungunya o el Mayaro, entre otros. No todos los mosquitos están infectados ni todas las picaduras derivan en enfermedad, pero el aumento del contacto entre insectos y humanos incrementa la probabilidad de transmisión.
Machado advierte que “en un entorno con gran diversidad de vertebrados, una preferencia marcada por los humanos eleva de forma significativa el riesgo de que los patógenos salten de un hospedador a otro y se propaguen con mayor rapidez”. Desde esta perspectiva, la pérdida de biodiversidad no solo empobrece los ecosistemas, sino que también puede favorecer escenarios más propicios para brotes epidémicos.
La investigación, difundida también a través de un comunicado científico en EurekAlert!, insiste en que estos cambios no deben interpretarse como un fenómeno aislado. Se trata de una señal de que el equilibrio ecológico está siendo alterado a varios niveles, con consecuencias que trascienden el ámbito ambiental.
Limitaciones y nuevas preguntas abiertas
Los propios autores reconocen que el estudio tiene limitaciones. Solo una fracción de los mosquitos capturados contenía sangre identificable, y las técnicas actuales aún presentan dificultades para analizar muestras mezcladas o degradadas. Aun así, consideran que los resultados justifican la necesidad de ampliar este tipo de investigaciones en otras regiones y con metodologías más avanzadas.
Comprender con mayor precisión qué especies pican a los humanos, en qué momentos y bajo qué condiciones ambientales, puede ser clave para diseñar estrategias de vigilancia y control más eficaces. En lugar de enfoques generalistas, los científicos proponen sistemas de monitoreo adaptados a las características ecológicas de cada zona.
Alencar destaca que “si sabemos que en determinados fragmentos forestales los mosquitos recurren con mayor frecuencia a las personas, podemos anticiparnos y reforzar las medidas preventivas”. Esto incluye desde campañas de información hasta programas de control vectorial que tengan en cuenta el impacto sobre el ecosistema y no se limiten a la eliminación indiscriminada de insectos.
Biodiversidad, un escudo invisible
Más allá de los mosquitos, el estudio pone de relieve un mensaje más amplio: la biodiversidad actúa como una barrera natural frente a la propagación de enfermedades. Cuando los ecosistemas se simplifican y pierden especies, las interacciones se vuelven más directas y, a menudo, más peligrosas para el ser humano.
La creciente dependencia de los mosquitos de la sangre humana en los bosques degradados del sureste brasileño es un ejemplo concreto de cómo los cambios ambientales pueden tener efectos inesperados. Lo que comienza como una alteración del hábitat termina influyendo en la salud y el bienestar de las poblaciones humanas que viven en contacto con esos entornos.
En ese sentido, los investigadores subrayan que proteger los ecosistemas no es solo una cuestión de conservación de la naturaleza, sino también una inversión en prevención sanitaria. Mantener bosques funcionales y diversos reduce la probabilidad de que los mosquitos y otros vectores concentren su actividad en un único hospedador.
El trabajo publicado en Frontiers in Ecology and Evolution aporta así una nueva pieza al complejo rompecabezas que conecta la degradación ambiental con la aparición y expansión de enfermedades. Un recordatorio de que, en un mundo cada vez más interconectado, la salud humana y la salud de los ecosistemas son, en realidad, dos caras de la misma moneda.

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