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Las muertes por eventos climáticos aumentan, pero algunas regiones logran revertir la tendencia
miércoles, enero 28, 2026

Las muertes por eventos climáticos aumentan, pero algunas regiones logran revertir la tendencia

Inundación severa cubriendo calles y viviendas tras lluvias intensas, con personas desplazándose entre el agua y equipos de emergencia al fondo.

Un análisis global de casi cuatro décadas revela que el cambio climático está asociado a un mayor número de muertes por fenómenos extremos, aunque la adaptación humana ha permitido salvar cientos de miles de vidas en determinadas partes del mundo.

Desde finales de la década de 1980, el número de personas que mueren como consecuencia directa de fenómenos meteorológicos extremos ha aumentado de forma notable a escala global. Olas de calor, inundaciones y tormentas se han vuelto más intensas y, en muchos casos, más frecuentes, en un contexto de calentamiento del planeta ampliamente documentado por la comunidad científica. Sin embargo, esta tendencia general esconde una realidad más compleja: no todas las regiones del mundo siguen el mismo patrón, y en algunas el impacto humano de estos desastres se ha reducido de manera significativa.

Así lo muestra un nuevo estudio liderado por el geofísico B. B. Cael, de la University of Chicago, publicado en la revista Geophysical Research Letters. La investigación analiza casi cuarenta años de datos sobre desastres climáticos y sus víctimas mortales, con un enfoque que combina rigor estadístico y una mirada comparativa entre continentes. El resultado es un panorama desigual, donde conviven señales de alarma con ejemplos claros de que las políticas de adaptación pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Una base de datos global y criterios estrictos

Para su análisis, Cael recurrió a la Emergency Events Database (EM-DAT), uno de los registros más completos y utilizados a nivel internacional para el seguimiento de catástrofes naturales. El investigador decidió aplicar un criterio especialmente exigente: solo incluyó eventos climáticos que hubieran causado al menos 30 muertes. El objetivo era centrarse en los episodios con mayor impacto humano y evitar que fluctuaciones menores distorsionaran las tendencias de largo plazo.

El período estudiado abarca desde 1988 hasta 2024. Tras el proceso de filtrado, la base de datos final quedó compuesta por 1974 eventos extremos, entre ellos 300 olas de calor y frío, 1088 inundaciones y 586 tormentas. En conjunto, estos fenómenos fueron responsables de aproximadamente 941 000 muertes en todo el mundo durante el período analizado.

La distribución geográfica de estos desastres no es uniforme. Asia concentra la mayor parte de los eventos y de las víctimas, seguida por África, Europa, América Latina y América del Norte. Para identificar tendencias, Cael aplicó métodos estadísticos utilizados habitualmente en el análisis de fenómenos extremos, como los que se emplean para estudiar daños por huracanes o precipitaciones excepcionales. Esto permitió evaluar, por continente y por tipo de desastre, si la letalidad de estos eventos ha aumentado, disminuido o se ha mantenido estable con el paso del tiempo.

Asia y el peso de la adaptación

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio se observa en Asia. A pesar de ser la región más afectada por inundaciones y tormentas, estas no se han vuelto más mortales con el tiempo. Al contrario, la tendencia apunta a una reducción clara del número de víctimas por evento.

Según las estimaciones del estudio, entre 1988 y 2024 se habrían salvado alrededor de 350 000 vidas en Asia gracias a una disminución sostenida de la mortalidad asociada a inundaciones y tormentas. En términos relativos, esto equivale a una caída cercana al 40 % en la tasa de muertes por estos fenómenos, incluso teniendo en cuenta el crecimiento poblacional en la región.

El propio Cael califica estas cifras de “sorprendentemente altas” y las atribuye a una combinación de factores: mejores sistemas de alerta temprana, infraestructuras más robustas, planes de evacuación más eficaces y una respuesta de emergencia más rápida y coordinada. Todo ello ha permitido reducir la vulnerabilidad de millones de personas frente a eventos que, en décadas anteriores, habrían tenido consecuencias mucho más graves.

Este resultado es especialmente relevante porque no considera explícitamente el aumento en la intensidad de las precipitaciones asociado al cambio climático. Es decir, la mejora observada en Asia se produce a pesar de que algunos riesgos climáticos están aumentando, lo que refuerza la idea de que la adaptación puede compensar, al menos en parte, los efectos de un clima más extremo.

África y el peso de los eventos excepcionales

En África, el panorama es más complejo y difícil de interpretar. Los datos muestran una aparente tendencia al aumento de muertes por inundaciones, en un contexto de rápido crecimiento demográfico y expansión de asentamientos en zonas vulnerables, como llanuras aluviales y áreas costeras mal protegidas.

No obstante, el estudio advierte que esta tendencia está fuertemente influida por un solo evento de magnitud excepcional: la tormenta Daniel, que golpeó el Mediterráneo en septiembre de 2023. En Libia, el colapso de dos presas cerca de la ciudad de Derna provocó inundaciones catastróficas que causaron la muerte de más de 13 000 personas y generaron daños económicos estimados en decenas de miles de millones.

Cuando este episodio se excluye del análisis estadístico, la tendencia al alza en la mortalidad por inundaciones en África prácticamente desaparece. Esto sugiere que el continente no está experimentando, al menos por ahora, un aumento sostenido y sistemático en la letalidad de estos eventos, sino que sigue siendo extremadamente vulnerable a catástrofes raras pero devastadoras, que algunos expertos califican como fenómenos de ocurrencia centenaria o incluso bicentenaria.

El caso africano pone de relieve la importancia de la infraestructura crítica, como presas y sistemas de drenaje, y de su mantenimiento. También subraya cómo la combinación de eventos meteorológicos extremos y fallos estructurales puede multiplicar el impacto humano de una sola tormenta.

Europa y el avance silencioso del calor

Europa destaca en el estudio por una tendencia claramente preocupante: el aumento de la mortalidad asociada a las olas de calor. A diferencia de otras regiones, donde las inundaciones y las tormentas dominan las estadísticas, en el continente europeo el calor extremo se ha convertido en el principal factor de riesgo climático para la población.

El análisis muestra que las muertes relacionadas con el calor han aumentado de forma significativa desde finales de los años ochenta. Este cambio no se explica por un aumento de la población expuesta, ya que el crecimiento demográfico europeo en ese período fue inferior al 4 %. La causa principal es la mayor frecuencia e intensidad de los veranos extremadamente calurosos, junto con una reducción de los episodios de frío intenso.

Además, se observa un desplazamiento estacional de la mortalidad. Mientras que en el pasado las muertes asociadas al clima se concentraban sobre todo en otoño e invierno, ahora una proporción creciente ocurre en primavera y verano. Este fenómeno afecta especialmente a personas mayores, pacientes con enfermedades cardiovasculares y poblaciones urbanas expuestas al efecto isla de calor.

A diferencia de las inundaciones, donde las obras de ingeniería y los sistemas de alerta pueden ofrecer una protección directa, la adaptación al calor extremo requiere estrategias más complejas, que van desde el rediseño de las ciudades hasta cambios en los sistemas de salud y en los hábitos cotidianos de la población.

América sin tendencias claras

En América del Norte y América Latina, el estudio no identifica tendencias estadísticamente significativas en la mortalidad por eventos climáticos extremos durante el período analizado. Esto no implica que la región esté libre de riesgos, sino que las variaciones observadas no siguen un patrón claro de aumento o disminución a largo plazo.

En estas regiones conviven realidades muy distintas: países con alta capacidad de respuesta y otros con sistemas de protección más frágiles, zonas expuestas a huracanes, sequías prolongadas, inundaciones repentinas y olas de calor cada vez más frecuentes. Esta diversidad dificulta la identificación de tendencias continentales homogéneas y sugiere que los análisis a escala nacional o incluso local son esenciales para comprender el verdadero impacto del cambio climático en la mortalidad.

El papel decisivo de la acción humana

Más allá de las diferencias regionales, el estudio de Cael transmite un mensaje central: el cambio climático incrementa la amenaza de los fenómenos extremos, pero no determina de forma inevitable su impacto humano. Las decisiones políticas, la inversión en infraestructura, la planificación urbana y la preparación de los sistemas de emergencia pueden reducir de manera sustancial el número de víctimas.

La experiencia asiática demuestra que incluso en regiones altamente expuestas es posible salvar cientos de miles de vidas mediante medidas de adaptación sostenidas en el tiempo. Al mismo tiempo, los casos de África y Europa recuerdan que la falta de preparación o la subestimación de riesgos emergentes, como el calor extremo, puede tener consecuencias mortales.

En un mundo que se calienta rápidamente, el estudio refuerza la idea de que la adaptación no es un complemento opcional de la mitigación del cambio climático, sino una necesidad urgente. Construir diques más altos, mejorar los sistemas de alerta, reforzar infraestructuras críticas, rediseñar ciudades y proteger a las poblaciones más vulnerables son acciones que, según los datos, pueden marcar una diferencia real y medible en términos de vidas humanas.

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