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La Edad Media no fue tan sucia como la historia popular sostiene
sábado, enero 03, 2026

La Edad Media no fue tan sucia como la historia popular sostiene

Ciudad medieval europea con calles empedradas, habitantes limpiando canales, controlando alimentos en el mercado y gestionando agua y residuos para proteger la salud urbana.

Durante siglos, la imagen de ciudades medievales sumidas en el barro, el hedor y las enfermedades ha dominado el imaginario colectivo. Sin embargo, investigaciones recientes revelan una realidad más compleja: los habitantes de la Edad Media no solo eran conscientes de los riesgos de la suciedad, sino que desarrollaron normas, oficios y estrategias urbanas para combatirla.

La expresión “Edad Oscura” ha servido durante mucho tiempo para describir un periodo supuestamente atrasado en términos de ciencia, higiene y calidad de vida. En ese relato popular, las calles estaban cubiertas de desechos, la gente convivía sin reparos con la inmundicia y las enfermedades se propagaban sin resistencia. Pero esa visión, heredada en gran parte de prejuicios posteriores, empieza a resquebrajarse a la luz de nuevas investigaciones históricas.

Uno de los trabajos que más ha contribuido a matizar esta imagen es el de la historiadora Janna Coomans, especialista en historia urbana y ambiental. Sus estudios sobre ciudades de los Países Bajos medievales muestran que la preocupación por la limpieza, la calidad del aire y la salud colectiva formaba parte central de la vida urbana mucho antes de la peste negra. Lejos de la indiferencia, existía una atención constante —y a menudo conflictiva— por mantener el orden y la salubridad en los espacios compartidos.

El miedo al mal aire como amenaza mortal

Para entender la mentalidad medieval respecto a la higiene, es útil detenerse en sus relatos simbólicos. Uno de los más difundidos fue la leyenda de San Jorge y el dragón. En la historia, el monstruo no solo aterroriza a la población por su fuerza, sino por su aliento pestilente, capaz de enfermar y matar a quienes lo respiran. El sacrificio diario de animales buscaba aplacar esa amenaza invisible, hasta que el santo logra eliminarla.

Este relato no era un simple cuento fantástico. Funcionaba como una advertencia moral y sanitaria. El “mal aire” era percibido como un peligro real, una sustancia corrupta que podía penetrar en el cuerpo y alterar su equilibrio interno. “La asociación entre hedor y enfermedad estaba profundamente arraigada en la cultura urbana medieval”, explica Coomans en sus investigaciones. Respirar aire corrompido no era una molestia, sino una posible sentencia de muerte.

En consecuencia, pozos malolientes, canales estancados o montones de basura no eran vistos solo como problemas estéticos. Representaban focos de riesgo sanitario. Esta percepción explica por qué las autoridades urbanas dedicaron tantos recursos a regular el uso del espacio público y a sancionar comportamientos considerados peligrosos para la comunidad.

Ciudades vigiladas por normas y conflictos

Durante décadas, muchos historiadores asumieron que las políticas de higiene surgieron como reacción tardía a grandes catástrofes, como la peste del siglo XIV. Sin embargo, el trabajo de Coomans demuestra que ya en los siglos anteriores existía un entramado normativo sorprendentemente denso. Para llegar a esta conclusión, la investigadora analizó ordenanzas municipales, libros de leyes y registros financieros de ciudades como Deventer, Leiden y Gante.

Estos documentos revelan una vida urbana marcada por disputas constantes en torno a la limpieza. Vecinos que se denunciaban entre sí, autoridades que imponían multas y tribunales que resolvían conflictos aparentemente menores, pero cargados de significado sanitario. Un caso estudiado por Coomans en Deventer ilustra bien esta dinámica: tres vecinos protagonizaron un litigio por un callejón público que servía de paso. Una pareja había retirado una puerta y comenzó a verter aguas residuales en el pasaje, provocando acumulación de agua y suciedad.

El problema no era solo la incomodidad. El callejón quedó “estropeado”, en términos de la época, porque el agua ya no fluía. Esa alteración del entorno justificó una acción legal. “Estos conflictos muestran hasta qué punto la gestión de la suciedad era una cuestión colectiva, no privada”, señala la historiadora. La ciudad, como organismo vivo, debía mantenerse en equilibrio para proteger la salud de todos.

Un cuerpo gobernado por los humores

La obsesión medieval por el aire, el agua y los residuos no puede entenderse sin su marco médico. Durante más de mil años, el pensamiento europeo estuvo dominado por la teoría de los cuatro humores, formulada por el médico griego Galeno en el siglo II. Según este modelo, el cuerpo humano estaba compuesto por sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, cada una asociada a cualidades específicas como el calor, la humedad o la sequedad.

La salud dependía del equilibrio entre estos humores. Cualquier alteración podía provocar enfermedad. Y esas alteraciones no surgían solo desde dentro del cuerpo, sino también por factores externos. El aire viciado, los alimentos en mal estado o el agua contaminada podían desequilibrar los humores y desencadenar dolencias graves. Aunque hoy sabemos que esta teoría era incorrecta en términos biológicos, ofrecía una lógica coherente para interpretar la relación entre entorno y salud.

Galeno, cuyas ideas se difundieron ampliamente tanto en Europa como en el mundo islámico, se convirtió en una autoridad incuestionable. Sus textos fueron copiados, comentados y enseñados durante siglos. En ese contexto, cuidar el entorno urbano era una forma de medicina preventiva. Mantener calles limpias y aire en movimiento no era solo una cuestión de orden, sino de supervivencia.

Oficios y arquitectura contra la suciedad

A partir de estas creencias, las ciudades medievales desarrollaron una serie de medidas prácticas. Una de ellas fue la orientación de las viviendas. En muchos casos, las casas se construían de este a oeste para aprovechar los vientos considerados purificadores. La circulación del aire era vista como una defensa natural contra los miasmas, esos vapores nocivos que se creía causaban enfermedades.

También surgieron oficios específicos. Los llamados “maestros del lodo” se encargaban de retirar residuos y mantener transitables las calles. Eran, en esencia, precursores de los servicios de limpieza urbana. Su trabajo evitaba que los desechos se acumularan y comenzaran a descomponerse, liberando olores peligrosos.

Los excrementos humanos se depositaban en pozos negros, que debían situarse a una distancia prudente de las viviendas. La ubicación no era arbitraria: se pensaba que los vapores que emanaban podían infiltrarse en las casas y corromper el aire interior. Además, las élites urbanas invirtieron en pavimentar calles con piedra y en sistemas de drenaje. Estas infraestructuras reducían la formación de charcos y facilitaban la limpieza, un lujo inaccesible para muchos barrios pobres, pero revelador de una clara intención sanitaria.

Agua, alimentos y control del mercado

La preocupación por la salud no se limitaba al aire. El agua potable era un recurso crítico. Beber agua en mal estado se consideraba una de las formas más directas de alterar los humores. Por ello, muchas ciudades protegían cuidadosamente sus pozos y sistemas de captación. El agua de lluvia se canalizaba mediante tuberías y se almacenaba para su uso doméstico.

Cuando el agua presentaba mal olor o sabor, se recurría a hervirla antes de consumirla, una práctica que, aunque no basada en el conocimiento de microorganismos, reducía efectivamente ciertos riesgos. Esta atención al agua muestra que la población no era ajena a la relación entre ingestión y enfermedad, incluso sin comprender los mecanismos modernos de contagio.

Los alimentos también estaban bajo vigilancia. En los mercados operaban funcionarios encargados de inspeccionar la calidad de los productos. Carne, pescado y otros alimentos perecederos debían retirarse si se consideraban en mal estado. El hedor no era solo señal de putrefacción, sino una amenaza directa para la salud pública. Por esa razón, los mercados se ubicaban estratégicamente, de modo que los olores —especialmente los del pescado— no se desplazaran hacia las zonas residenciales con el viento dominante.

Entre la realidad y el mito de la suciedad medieval

Nada de esto significa que las ciudades medievales fueran limpias según estándares actuales. Las enfermedades eran frecuentes, la mortalidad elevada y las condiciones de vida duras. Sin embargo, reducir todo el periodo a una caricatura de inmundicia permanente es una simplificación injusta. Las numerosas normas y conflictos documentados indican que existía un esfuerzo constante por mejorar el entorno urbano.

En su obra Community, Urban Health and Environment in the Late Medieval Low Countries, publicada por la Universidad de Cambridge, Coomans subraya que la abundancia de regulaciones no debe interpretarse como prueba de fracaso. Al contrario, revela una sociedad activa, consciente de los problemas y dispuesta a intervenir. “Del mismo modo que una sociedad con muchas leyes contra el homicidio no es necesariamente más violenta, la presencia de numerosas normas de higiene no implica que no tuvieran ningún efecto”, afirma la historiadora.

Los habitantes de la Edad Media no se revolcaban deliberadamente en el barro ni arrojaban residuos con despreocupación absoluta. Hacerlo podía acarrear multas, disputas legales o sanciones sociales. La suciedad era tolerada hasta cierto punto, pero también combatida con los conocimientos y recursos disponibles.

La imagen de una Edad Media completamente “asquerosa” dice más sobre los prejuicios posteriores que sobre la realidad histórica. Lejos de la indiferencia, hubo preocupación, debate y acción. Comprender esto no solo corrige un error histórico, sino que recuerda que la relación entre salud y entorno ha sido una inquietud humana constante, mucho antes de la llegada de la ciencia moderna.

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