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Las aves madrugan antes y se acuestan más tarde por culpa de la luz artificial
sábado, agosto 23, 2025

Las aves madrugan antes y se acuestan más tarde por culpa de la luz artificial

Dos aves o pájaros posados en una construcción al amanecer

El avance del alumbrado artificial está alterando los ritmos naturales de las aves, que en las zonas más expuestas al resplandor nocturno comienzan a cantar antes del amanecer y retrasan su silencio tras la puesta de sol, alargando así sus jornadas hasta casi una hora.

El avance fue descrito en un estudio publicado en la revista Science, donde los investigadores presentaron el análisis de 181 millones de cantos de aves registrados en miles de puntos del planeta. El trabajo se basó en los datos recopilados por BirdWeather, una red ciudadana que utiliza dispositivos instalados en jardines y entornos rurales para registrar los sonidos de las aves y, mediante inteligencia artificial, identificar las especies responsables de cada trino. Con ello, los científicos lograron trazar un mapa global de cómo la luz artificial nocturna modifica los hábitos naturales de canto y descanso de cientos de especies.

En un tiempo no tan lejano, tanto los humanos como los animales estaban estrictamente regidos por la alternancia natural entre luz y oscuridad. Con la irrupción de la electricidad y el alumbrado urbano, las ciudades se iluminaron de forma permanente y la frontera entre el día y la noche se volvió difusa. Hoy, este fenómeno, conocido como contaminación lumínica, no solo afecta a la observación del cielo estrellado, sino que también está reconfigurando la vida de los animales, incluidos los pájaros.

Una base de datos global de cantos

Para comprender hasta qué punto la luz artificial altera los ciclos de actividad de las aves, los científicos descargaron más de 181 millones de grabaciones de cantos producidas entre marzo de 2023 y marzo de 2024. Este inmenso archivo permitió identificar el momento en que 583 especies comenzaron a cantar al amanecer y cuando 493 de ellas cesaron su actividad al anochecer, en un total de más de 7800 ubicaciones distintas en todo el mundo.

A partir de estos datos, los investigadores cruzaron la información con imágenes satelitales que revelaban los niveles de contaminación lumínica de cada lugar. Así pudieron establecer correlaciones claras: en las zonas con mayor resplandor nocturno, las aves extendían significativamente la duración de su jornada diaria. Como explicó Brent Pease, uno de los autores principales del estudio, “estábamos sorprendidos por los resultados. Bajo los cielos más contaminados por la luz, la jornada de un ave puede llegar a prolongarse casi una hora”.

Los números hablan por sí solos: en las regiones más iluminadas, los pájaros adelantaban su primer canto en promedio 18 minutos antes del amanecer real y prolongaban su actividad vespertina hasta 32 minutos después del anochecer. La suma de ambos efectos implicaba que su “día biológico” se alargaba en promedio 50 minutos respecto a sus congéneres en áreas oscuras.

El papel de la fisiología: los ojos como sensores de luz

El estudio reveló que no todas las especies reaccionan de la misma forma a la luz artificial. Entre los patrones más llamativos se encontró que las aves con ojos relativamente grandes mostraban una sensibilidad especial. Estas especies, que suelen habitar en bosques o entornos naturalmente sombríos, eran más proclives a alargar su actividad al final de la jornada bajo cielos contaminados.

Pease señaló que “las aves con ojos grandes parecen especialmente sensibles a la presencia de luz durante la noche”, lo que podría explicarse porque están mejor adaptadas para detectar condiciones de baja luminosidad. De ese modo, la luz artificial, incluso en niveles débiles, podría ser suficiente para alterar sus relojes internos. Otra posibilidad planteada es que, al ser más activas en el crepúsculo, tengan más oportunidades de entrar en contacto con la iluminación nocturna, como farolas, edificios o carreteras.

Este hallazgo resalta como características fisiológicas aparentemente simples, como el tamaño de un órgano sensorial, pueden influir decisivamente en la manera en que una especie afronta los desafíos del entorno humano.

Los nidos abiertos, más vulnerables al resplandor nocturno

Además de los rasgos físicos, el comportamiento de nidificación también juega un papel. Las especies que construyen nidos abiertos resultaron más afectadas por la contaminación lumínica. En estas aves, los cantos matutinos comenzaron en promedio 22 minutos antes del amanecer en zonas muy iluminadas, mientras que los nocturnos se extendieron 35 minutos más allá del ocaso.

En contraste, aquellas especies que crían en cavidades o nidos cerrados apenas adelantaron su canto matinal en un minuto, aunque sí prolongaron su actividad nocturna en unos 19 minutos. Esta diferencia se atribuye a la protección que brinda un nido cerrado frente a la exposición directa al alumbrado artificial. De hecho, los investigadores señalan que, al estar resguardadas, estas aves permanecen más fieles a los ciclos naturales en la primera hora de la mañana, pero en la tarde-noche, cuando ya están fuera de sus refugios, no pueden escapar de la influencia lumínica.

Migrantes en desventaja: los efectos sobre las aves viajeras

Otro de los grupos más afectados fueron las aves migratorias. En comparación con las residentes, estas especies mostraron cambios más pronunciados: en las zonas más iluminadas comenzaban a cantar 27 minutos antes del amanecer y terminaban 51 minutos después del atardecer.

La explicación podría encontrarse en su propio modo de vida. Aunque son activas durante el día, muchas aves migratorias realizan sus desplazamientos largos durante la noche, lo que las expone con frecuencia a fuentes de luz artificial en aeropuertos, ciudades o carreteras. Además, al estar acostumbradas a ajustar sus relojes internos a diferentes latitudes y estaciones, su sistema circadiano podría ser más susceptible a estímulos externos como la iluminación.

Este hallazgo abre interrogantes importantes sobre cómo la urbanización y el alumbrado global podrían estar afectando los patrones migratorios, con potenciales consecuencias en la reproducción, la alimentación y la supervivencia de estas especies.

Un reloj biológico desincronizado

La clave de estos cambios se encuentra en el reloj interno de las aves, que regula la liberación de hormonas y los patrones de actividad en función de la alternancia natural de luz y oscuridad. El estudio señala que el alumbrado artificial puede confundir este reloj, haciendo que las aves interpreten las farolas, escaparates o resplandores urbanos como si fueran el amanecer o el atardecer.

De esta forma, las aves no solo se activan antes y se retiran más tarde, sino que también experimentan una alteración profunda en sus ritmos fisiológicos. En palabras de Pease, “la luz artificial hace que los pájaros confundan la noche con el día, alargando sus jornadas y modificando su comportamiento de maneras que aún no comprendemos del todo”.

El problema es que esta extensión del tiempo de actividad puede tener un costo. Un día más largo significa más oportunidades para buscar alimento, cortejar y cuidar a las crías, pero también puede implicar menos descanso y, por ende, un impacto en la salud a largo plazo. La gran incógnita es si las aves logran compensar esta pérdida de sueño descansando más durante el día o si, por el contrario, sufren una fatiga acumulada que podría afectar su supervivencia.

¿Beneficio o amenaza para las aves?

La investigación abre un debate complejo: ¿es la prolongación artificial de las jornadas una ventaja o un riesgo para las aves? Por un lado, disponer de más tiempo de luz les permitiría mejorar su alimentación y dedicar más recursos a la reproducción. Sin embargo, la reducción del descanso podría debilitar sus defensas inmunológicas, reducir su esperanza de vida y afectar la capacidad de criar con éxito.

El equipo de científicos subraya que todavía es necesario realizar estudios a largo plazo para comprender los efectos reales en la salud y el comportamiento de las aves. De momento, los resultados muestran con claridad que la contaminación lumínica no es un fenómeno inocuo, sino un factor ambiental de gran peso que ya está moldeando la vida de la fauna silvestre en todo el mundo.

Una señal de alerta sobre el impacto humano

El hallazgo se suma a un creciente cuerpo de evidencias que demuestran cómo las actividades humanas, incluso aquellas que parecen menos invasivas como la iluminación nocturna, tienen repercusiones profundas en los ecosistemas. Lo que para las personas significa seguridad, comodidad o estética, para las aves puede representar una alteración de sus relojes internos, con consecuencias todavía inciertas.

La magnitud del análisis —basado en más de 180 millones de registros sonoros procesados mediante inteligencia artificial— convierte a este estudio en uno de los más completos hasta la fecha sobre los efectos de la luz artificial en la fauna silvestre. Al mismo tiempo, demuestra el poder de la ciencia ciudadana y la tecnología para recopilar datos masivos y arrojar luz sobre problemas ambientales globales.

Mientras tanto, la pregunta queda abierta: ¿lograrán las aves adaptarse a este nuevo “día extendido” que los humanos hemos creado con nuestras luces, o se trata de una amenaza silenciosa que podría pasar factura en el futuro?

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