La fría y oscura superficie de Ceres, la mayor de las llamadas “enanas” en el cinturón de asteroides, no parece hoy un lugar apto para la vida. Sin embargo, un nuevo estudio apunta a que en el pasado remoto este pequeño mundo reunió las condiciones necesarias para ser habitable.
El avance fue descrito en un artículo publicado en la revista Science Advances, donde los investigadores presentan modelos que sugieren que hace unos 2500 millones de años Ceres disponía de una fuente estable de energía química. Estos resultados, sumados a pruebas anteriores sobre la existencia de agua líquida y compuestos orgánicos, refuerzan la hipótesis de que la enana pudo ofrecer un entorno favorable para el surgimiento de formas de vida microscópicas. La NASA también ha destacado la importancia de estos hallazgos en un comunicado vinculado a su misión Dawn, que exploró de cerca el planeta enano.
Durante décadas, Ceres fue considerado un simple cuerpo rocoso dentro del cinturón de asteroides, ubicado entre Marte y Júpiter. No obstante, las últimas investigaciones han ido transformando esa imagen. Lo que parecía un mundo helado y sin mayor relevancia para el estudio de la habitabilidad, se revela ahora como un laboratorio natural que pudo albergar procesos químicos comparables a los que en la Tierra dieron soporte a los primeros organismos.
Los ingredientes fundamentales para la vida
Los astrobiólogos suelen coincidir en que la vida, al menos la que conocemos en nuestro planeta, requiere tres elementos esenciales: agua, compuestos orgánicos y una fuente de energía. Las investigaciones previas ya habían confirmado la presencia de los dos primeros en Ceres.
En 2018, un análisis de datos de la misión Dawn permitió identificar en la superficie del planeta enano unas manchas brillantes compuestas por sales. Esos depósitos serían el resultado de antiguos procesos en los que agua salada emergió desde el subsuelo. Dos años después, en 2020, un estudio concluyó que esa agua provenía de una vasta reserva subterránea: un océano salado oculto bajo la corteza helada.
A ello se suman los hallazgos de compuestos orgánicos. Distintos estudios demostraron que Ceres alberga moléculas de carbono, fundamentales para la química de la vida. Estas evidencias fueron consideradas un gran avance, pero aún faltaba una pieza clave: la energía. Sin un motor que alimente la actividad metabólica, incluso un ambiente rico en agua y moléculas orgánicas permanecería estéril.
La energía química como motor de habitabilidad
El nuevo estudio aborda precisamente esa tercera condición. Mediante modelos computacionales, los investigadores simularon el interior de Ceres en sus primeros miles de millones de años de evolución. Los cálculos muestran que el calor generado por el decaimiento de elementos radiactivos en su núcleo rocoso fue suficiente para provocar una intensa actividad hidrotermal.
Ese calor habría impulsado el ascenso de agua caliente cargada de gases como dióxido de carbono desde la profundidad hacia el océano salado subterráneo. Este proceso recuerda a lo que ocurre en la Tierra en los respiraderos hidrotermales marinos, donde el agua sobrecalentada se mezcla con el océano y genera un entorno rico en energía química. Según explicó el investigador Samuel Courville, “cuando en la Tierra el agua caliente procedente del subsuelo se mezcla con el océano, se produce un verdadero banquete para los microbios, una fuente de energía capaz de sostener comunidades enteras”. Los modelos sugieren que algo similar pudo desarrollarse en Ceres.
Si bien no existen pruebas de que la vida llegara a establecerse allí, los resultados confirman que el planeta enano ofreció durante un largo periodo de su historia las condiciones necesarias para que ello fuese posible.
Un periodo de habitabilidad limitado en el tiempo
Los cálculos indican que este ambiente favorable existió hace entre 2500 y 4000 millones de años, cuando la temperatura del núcleo de Ceres alcanzó su punto máximo. Durante esa etapa, el reservorio subterráneo de agua salada habría recibido un aporte constante de calor y gases. De haber existido microorganismos, habrían contado con una fuente estable para mantener su metabolismo.
Con el paso del tiempo, el núcleo del planeta enano se fue enfriando. Hoy, Ceres se presenta como un mundo helado, con una corteza dominada por el hielo y con escasa agua líquida. Su época potencialmente habitable quedó atrás, pero dejó huellas que los científicos apenas comienzan a descifrar.
La misión Dawn y el legado de su exploración
Buena parte de estos descubrimientos fueron posibles gracias a la misión Dawn de la NASA, que estudió Ceres entre 2015 y 2018. La nave espacial orbitó el planeta enano durante años y envió imágenes de alta resolución y datos espectroscópicos que revelaron la composición de su superficie y subsuelo.
Los análisis derivados de esa misión no solo confirmaron la existencia de sales y compuestos de carbono, sino que también permitieron construir los modelos actuales que muestran la posibilidad de procesos hidrotermales. El legado de Dawn sigue siendo una de las principales fuentes de información para entender cómo funcionan los cuerpos pequeños del sistema solar y qué papel pueden haber desempeñado en la historia de la habitabilidad cósmica.
Implicaciones para la astrobiología
Los resultados sobre Ceres tienen un alcance que va más allá de este planeta enano. Según los investigadores, es posible que otros cuerpos similares del sistema solar hayan atravesado fases de habitabilidad. Las lunas heladas de Júpiter y Saturno, como Europa y Encélado, ya son candidatas reconocidas, pero el estudio sugiere que también otros mundos más pequeños pudieron ofrecer entornos temporales para la vida.
Si Ceres, con apenas 950 kilómetros de diámetro, logró mantener agua líquida, compuestos orgánicos y energía durante miles de millones de años, no resulta descabellado pensar que existen numerosos lugares en el universo con condiciones comparables. En palabras de los autores, estos hallazgos “amplían el abanico de escenarios donde la vida puede emerger, incluso en cuerpos considerados en principio demasiado fríos o pequeños”.
Un futuro de exploración pendiente
Aunque la misión Dawn finalizó en 2018, Ceres sigue siendo un objetivo atractivo para futuras exploraciones. Los investigadores plantean que una nueva misión podría estudiar directamente el subsuelo, ya sea mediante perforaciones o instrumentos capaces de detectar restos de actividad hidrotermal. Incluso una misión de retorno de muestras abriría la posibilidad de analizar en laboratorios terrestres los compuestos orgánicos y las sales detectadas en la superficie.
La comunidad científica considera que avanzar en el conocimiento de Ceres no solo permitirá entender mejor su historia, sino también aportar pistas sobre cómo y dónde puede surgir la vida en el universo. Cada descubrimiento en este pequeño mundo del cinturón de asteroides fortalece la idea de que la habitabilidad no es exclusiva de planetas grandes como la Tierra o Marte, sino que puede darse en entornos mucho más modestos.
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